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11 de junio de 2010

SANTUARIUM... LA IMPÍA MORADA DE LOS SANTOS



6.30 de la mañana. Suena el despertador. Hora de levantarse y prepararse para ir en busca de sitios abandonados.

A las 9 quedo con Sergio, otro explorador y fotógrafo que comparte esta extraña afición por los lugares caídos en el olvido.

Es un día lluvioso y la niebla espesa cubre las montañas como si quisiera esconder aquellos parajes en los que nos queremos adentrar.

Nuestro primer objetivo es un geriátrico abandonado. Por desgracia, y después de conseguir acceder al recinto, vemos que es imposible entrar dentro del edificio . Todas las ventanas y puertas están tapiadas y el único agujero por el que podríamos penetrar está a unos cuantos metros de altura. No hay nada que hacer, debemos ir en busca de otro sitio. Nos despedimos del lugar con algo de tristeza.

A unos metros vemos una casa con ventanas rotas. En el patio hay trastos y un par de coches viejos. Todo indica que por fin el día nos sonríe. Nos acercamos para buscar una entrada y cuando la divisamos, vemos a unos hombres salir de la casa con herramientas y suponemos que la vivienda, a pesar de estar destrozada, se le sigue dando un uso. Sergio y yo volvemos de nuevo al coche.

Son las 10 y aún no hemos encontrado nada. Finalmente, cogemos el GPS y decidimos ir a un sitio que Sergio ya había visitado antes. Se trata de una torre de veraneo muy grande y que en su día debió ser preciosa. Desgraciadamente, y como es de esperar, ni el espesor del bosque ha conseguido mantener oculto el sitio de los vándalos. Pintadas, zonas quemadas, porquería por todas partes… el lugar está hecho caldo. A pesar de todo, y muy motivados, conseguimos encontrar algunos objetos interesantes para inmortalizar.

Una hora y pico más tarde y con algunos buenos encuadres, volvemos al coche para seguir buscando.

Al cabo de un rato, empieza a llover con mucha fuerza. Es como si todo se hubiera confabulado para fastidiarnos el día.

Pero a veces, y cuando ya te estás dando por vencido, alguien ahí arriba al que le debemos caer bien, nos ha dado la mejor sorpresa del día y del mes. Un abandono como jamás habíamos visto antes. Un lugar escalofriante pero a la vez misterioso y sorprendente. Entramos de forma cuidadosa, en silencio y manteniendo la respiración.

La lluvia sigue cayendo con fuerza y golpea con ímpetu el techo de plástico. Se oyen las goteras y el frío nos abraza poniéndonos la piel de gallina. No damos crédito a lo que nuestros ojos ven. Nos miramos y no sabemos qué decir. Nos faltan palabras para expresar nuestra felicidad por estar ahí y contemplar todo lo que nos rodea. ¡Ni tan siquiera sabemos por donde empezar! Hay tanto qué fotografiar, ¡hay tanto para admirar!

Primero hacemos una vuelta de reconocimiento mientras no podemos dejar de gritar: ¡Has visto esto? ¡Aquí hay una foto! ¡Y aquí otra! ¡Mira esto, qué pasada!

Parece que no nos lo podremos acabar, así que decidimos separarnos para cubrir todas las zonas.

El eco del silencio es abrumador y el único ruido que interrumpe tal procesión es el chasquido del obturador al cerrarse.

Cinco horas más tarde y 480 fotos después, decido dar por cerrado el reportaje. Estoy muerta de hambre y muy sucia.

Con recelo, abandono el lugar de la misma forma con la que he entrado: en silencio.

A pesar de haber explorado todos sus rincones, estoy convencida que hay mucho más por descubrir y espero volver algún día para terminar de desvelar todos sus secretos.

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